Un sollozo desgarrador cortó la palabra a la condesa, que permaneció llorando durante algunos instantes.
Los tres oyentes de su lastimera historia lloraban también.
La condesa continuó así:
—Tres días después, y acabados los funerales de mi hija, entró Enrico en mi cuarto.
»—Ana —me dijo—: quiero que Duyweque descanse en el panteón de mis padres que, como sabéis, está en esta ciudad. La joven condesa de Egmont debe reposar junto a sus abuelos.
»Yo incliné la cabeza en señal de conformidad, y Enrico continuó:
»—Vivid junto a su tumba si queréis; de este modo veréis cada año a vuestro hijo Yans cuando venga a traer una corona de flores a la tumba de su hermana.
»Enrico era inflexible: yo me incliné ahogando en mi corazón el llanto que arrancara de él su dureza, y mi esposo desapareció sin estrechar mi mano.
»Pero Duyweque dormía ya el sueño de los ángeles, y yo volví a Amberes para velar por Ana.
»No obstante, el palacio de mi esposo me ahogaba: yo me sentía revivir junto a la tumba de la hija, fruto de mi primero y santo amor; por otra parte, yo amaba mucho a Enrico, y la idea de que cumplía su deseo viviendo en Gante y rezando cada día en el sepulcro de su hija, era un consuelo para mi destrozado corazón.