»Después la abracé y partí.
»Seguí en mi coche al que llevaba a Enrico y a Duyweque enferma, y al llegar a Gante me hospedé en el mesón de San Pablo, que era el mismo que ellos habían elegido.
»Un mes pasé pegada a la pared del cuarto donde mi hija sufría.
»Una noche oí gritos dolorosos que se escapaban del pecho de mi esposo.
»—¡Se muere! —gritaba—, ¡se muere!... ¡socorro!...
»Yo me lancé en el cuarto... Duyweque agonizaba ya.
»La mirada de mi marido se fijó en mí, no obstante su dolor: una lágrima empañó el brillo de sus grandes ojos, y se arrodilló junto a mí al lado del lecho de nuestra hija, sin hablarme una palabra.
»Duyweque abrió los ojos y gritó:
»—¡Madre mía!...
»Luego, como si Dios la inspirase en aquel momento, puso mi mano en las de su padre... ¡¡y expiró!!...