—¡Acuérdate, hermano —repuso la doncella con acento digno—, acuérdate de que eres hijo de Alfonso el Católico, de que corre por tus venas sangre real!

—¿Acaso piensas, Adosinda —interrogó Bimarano—, acaso piensas que me olvido yo de todo eso? ¿Crees que el hijo del gran Alfonso puede olvidar nunca que es un príncipe real? ¿Piensas que se apartan de su memoria un solo instante los ejemplos de fortaleza que le dio su noble padre? ¡Ah, no! ¿Qué sería de mí si hubiera perdido el sentimiento de mi dignidad?

—Pues entonces, Bimarano, sé fuerte en la desgracia —exclamó Adosinda—; si para ser noble y bueno, como eres, conservas las memorias de nuestro padre y sus santos preceptos, bástete para adquirir el valor del sufrimiento el ejemplo de la reina, que es más infeliz que tú.

—Es verdad, mi buena Adosinda —repuso Bimarano, tomando entre las suyas las manos de su hermana—: Fruela, el mal hijo, el mal padre, el mal hermano, es también el verdugo de su esposa.

—¡Calla! —se apresuró a decir Adosinda, poniendo la diestra en los labios del mancebo—. ¡Calla, y no olvides que es tu rey, ya que no recuerdas que recibió la vida en el seno de tu misma madre!

—¡Ah! —exclamó Bimarano—. ¡Es que yo, Adosinda, no tengo tu santa virtud, y mi dolor además es tan vehemente que acaba con mi razón! ¡Es que Fruela me roba, con mi amante, al hijo de mi amor!

—¡No! —gritó detrás de los dos jóvenes una voz fuerte y sonora—. ¡No temas por tu hijo, Bimarano!

Los dos príncipes se volvieron llenos de sorpresa; en el umbral de una puerta, situada a espaldas de Adosinda, había una mujer de continente severo y majestuoso, de elevada estatura, de robustas formas y de una belleza deslumbradora; su tez morena era purísima aunque pálida; sus negros ojos centelleaban bajo sus cejas de ébano vigorosamente trazadas, y sus negros cabellos bajaban riquísimos y ondeantes, envolviéndola como en un manto de seda; era una de esas soberbias cabelleras, que apenas se encuentran ahora, pero que en el siglo VIII coronaban las majestuosas y austeras frentes de casi todas las hijas de los godos: tal vez en aquellos tiempos las aromáticas pomadas no habían secado todavía la raíz de los cabellos o las cabezas de las mujeres no encerraban ese fuego devorador que consume su savia en nuestros días.

La aparecida representaba veinticinco años: su ropaje talar era blanco, de lana, y sobre la túnica llevaba un manto oscuro; sujetaba sus espléndidos cabellos una cinta blanca, y gracias a este dique dejaban su hermoso y apasionado semblante despejado de sus ondulantes rizos.

—¡Señora! —exclamó Bimarano inclinándose ante aquella mujer.