—¡Hermana! —murmuró Adosinda dirigiéndose a ella.
—¡No temas por tu hijo, Bimarano! —repitió la aparecida—: si tu hermano el rey Fruela I ha resuelto robártelo con su madre, la reina Munia, más piadosa, le ha puesto ya en salvo.
—¡Ah! —gritó el príncipe precipitándose a los pies de la reina—. ¡Dios te bendiga, señora y hermana mía!
—Levanta, Bimarano —dijo la reina con voz dulce y vibrante, en la cual, sin embargo, no se descubría la alteración más leve—. Levanta; nada me debes, porque soy madre también y abrigo la persuasión de que cuanto bien haga yo, me lo pagará Dios velando por mis hijos. ¡Ojalá —prosiguió—, ojalá me fuera posible guardarte del mismo modo a la madre del tuyo; pero no me es dado hacerlo!
—¿Y por qué, señora? —preguntó tímidamente Adosinda—. ¿Quién puede oponerse a tu voluntad?
—¡Pobre niña! —exclamó Munia, cuyos soberbios y hermosos ojos suavizaron algo de su fuerte brillo al fijarse en la doncella—. ¡Pobre niña! No quieras saber lo que está vedado a tu santa inocencia. ¡Contempla a tu hermano, y verás cómo el comprender un tenebroso secreto cuesta la paz del corazón!
La doncella fijó su dulce mirada en el semblante de Bimarano y no pudo contener un grito de angustia: pálido este y desencajado, miraba el castillo roqueño, que se descubría en lontananza.
—Parte, hermano —dijo la reina tendiendo su morena mano hacia la inmensa mole de piedra—; parte a donde te esperan y en donde es necesario tu consuelo, mientras que yo voy con Adosinda a velar por tu hijo.
Tomó, dicho esto, la mano de la princesa y se dirigió lentamente hacia la puerta que le había dado entrada.
—¡Una palabra, señora; una palabra por piedad! —exclamó Bimarano deteniendo a la reina—: ¿cuándo veré a mi hijo?