Munia iba a contestar; pero en el momento en que sus labios se entreabrían, otro joven pálido y jadeante se precipitó en el salón por la puerta principal.
—¡Aurelio! —exclamó la reina.
—¡Vete, señora mía! ¡Huye, hermano! —gritó el recién llegado—. ¡El rey me sigue!
Al escuchar estas frases, agitáronse los tres jóvenes a guisa de una bandada de palomas que descubren al inhumano cazador que las acecha.
—¡Huye, Bimarano! —repitió con mayor angustia Aurelio—; ¡el rey ha echado de menos a tu hijo, y aquí corre riesgo tu vida!...
Un gran rumor de armas, que se oyó cercano, cortó a Aurelio la palabra.
—¡Por allí, Bimarano! —gritó Munia señalando al joven una ventana—: tu hijo está en mis habitaciones... no temas por él... pero ve al lado de Sancha y huye con ella... ¡yo cuidaré de vuestro hijo!...
El príncipe besó la mano de la reina y, poniendo el pie en la ventana, desapareció; un segundo después se le vio saltar de roca en roca y tomar el camino que conducía a la parte opuesta del castillo real.
—Retiraos vosotros, hermanos —continuó la reina dirigiéndose a Aurelio y Adosinda—: quiero que el rey me encuentre sola.
Los jóvenes salieron de la estancia al mismo tiempo que don Fruela, fiero, iracundo y aterrador aparecía en la puerta principal; mas si su furor no le hubiera cegado, hubiera podido columbrar, no obstante, la sombra de su hermano Aurelio, medio oculto entre el gótico tapiz que adornaba la puerta situada a espaldas de la reina.