Bien hubiera podido seguir en sus alabanzas durante largo rato el caballero, sin que nadie le interrumpiese; los cortesanos contemplaban absortos la soberana belleza de aquella joven, a quien los muchachos llamaban la loca.
Parecía no pasar de esa dichosa edad en que el corazón vive solo de ilusiones: su traje de luto era el de las villanas de Castilla, pero destrozado y hecho giras; sus piececitos, que cabían en una sola mano de aquellos grandes señores, y que parecían formados de mármol de Carrara, estaban descalzos, y cruzados por sangrientos surcos; sus brazos y sus manos eran delgados en extremo, sin que por eso hubieran perdido sus suaves y hermosos contornos; sus largos cabellos negros, lucientes y rizados, estaban destrenzados, envolviéndola como en un manto de seda, y se veían ceñidos por una riquísima joya de extraña forma: era una diadema de tres hilos de gruesas perlas, abrazadas en medio por un joyel de diamantes de incalculable valor.
—¡Soberbia alhaja! —dijo uno de los prelados—: mirad qué divino contraste hacen esas perlas, con el azabache de su cabellera.
Un movimiento de la joven fijó la atención de todos: abrió los ojos y dirigió en torno suyo una mirada de asombro y de aflicción; levantando después la cabeza, apartó los abundantes rizos que cubrían su frente y observó medrosa toda la extensión de la plaza.
—¡No están ya...! ¡Gracias a Dios que se han ido! —murmuró, exhalando un suspiro de consuelo.
—¿A quién buscáis, niña? —preguntó don García de Albornoz.
—Miraba, señor —contestó con voz dulce y triste, si me esperaban aún aquellos muchachos que tanto me han maltratado.
—No los temáis, ya los hemos hecho huir.
—¡Ah, gracias, señores, gracias! —exclamó ella cruzando las manos—. ¡Dios os lo pague!
—¿De dónde venís, niña?