Por fin llegó la desdichada a las puertas del alcázar: casi muerta de terror y de fatiga, fue a refugiarse en el grupo de ricos-hombres que tenía más próximo y, dejándose caer de rodillas, gritó con voz lenta y sofocada:

—¡Tened piedad de mí...! ¡Me arrojan tantas piedras...! ¡Me lastiman tanto...! ¡Van a matarme...!

—¿Quién es esta mujer? —preguntó don Pedro González de Mendoza a don García de Albornoz.

—No sé —contestó el interpelado—. No la conozco... ¡Calle!.. Se ha desmayado, aquí, a nuestros pies... ¡Estamos bien, por Dios!

—¿Cómo bien? Vámonos y...

—¿Dejándola así?

—¡Pues no! ¿Qué queréis hacer con ella?

—¡Pobre infeliz! —murmuró don Pedro Gutiérrez—: veamos siquiera qué cara tiene.

El caballero levantó la cabeza de aquella desgraciada, la apoyó en sus rodillas, y la luna iluminó de lleno el semblante que quería ver.

—¡Por Dios Santo, que es el ángel más hermoso que puede hallarse en la tierra! —exclamó don Pedro—. ¡Qué cabellera tan sedosa, negra y rica! ¡Qué ojos, aun cerrados! ¡Qué tez! ¡Qué facciones todas! ¡Este divino rostro tiene un conjunto de sublimidad, sencillez y misterio, que yo no he visto jamás!