A través de los tapices mal corridos de los balcones se dibujaba de cuando en cuando la esbelta y graciosa figura de una dama de honor que pasaba al tocador de la reina; otras veces un camarero atravesaba los salones con una lámpara encendida en cada mano, despidiendo la brillante llama mil chispas, al reflejarse en el oro luciente del pebetero que la contenía.
Aquella noche había gran recepción en el alcázar. Enrique II recibía a todos los embajadores de la naciones aliadas, y a todos los enviados de las ciudades de sus reinos que no habían podido aún felicitarle por su advenimiento al trono, a causa de su vida errante; además, él mismo había aplazado esta ceremonia para cuando se reuniese con su muy amada esposa doña Juana Manuel, bella y angélica criatura, que solo contaba veinte años de edad.
Tres días después de llegar la reina y el infante a Toledo, a donde habían ido desde Burgos, se reunió con ellos don Enrique, dejando a Sevilla después de convocar cortes en aquella ciudad, y de hacerse reconocer por ellas.
En la tarde de que vamos hablando hacíanse grandes preparativos en el alcázar: la audiencia estaba señalada para las nueve de la noche, y el salón de embajadores quedó a las siete magníficamente decorado e iluminado.
Era el día 4 de marzo: la luna clara y hermosa iluminaba los góticos torreones del alcázar, que se dibujaban en el empedrado pavimento.
A las ocho empezaron a llegar los cortesanos, prelados y ricos-hombres del reino, cada uno con lucido séquito de pajes, donceles y escuderos; algunos se detuvieron a las puertas del alcázar, formando grupos y entreteniéndose en varias conversaciones.
De súbito, un confuso rumor los hizo enmudecer, y bien pronto no fue solo el oído el sentido que les quedó suspenso, porque fijaron todos sus ojos en el extraño espectáculo que se les presentaba.
A la luz de la luna, divisaron a una mujer que corría, perseguida de cerca por una turba de muchachos: la infeliz llevaba los pies descalzos y ensangrentados, y cuando se aproximó a los nobles, todos ellos pudieron ver que estaba flaca y pálida en extremo.
Los traviesos muchachos la seguían cada vez más de cerca, gritando descompasadamente:
—¡La loca...! ¡La loca...!