Al decir esto, abrió la cortina que servía de puerta al dormitorio de la doncella; mas el conde y la infame guardadora arrojaron un agudo grito.
La infanta no estaba en el dormitorio. Había desaparecido.
PARTE SEGUNDA
EL MÁRTIR DEL CORAZÓN
La fatalidad abre heridas en el corazón que solo puede cerrarlas la muerte.
Casi siempre el mundo castiga inhumano a la virtud; pero el martirio que esta sufre en la tierra, es la llave de las puertas del cielo; y es que la virtud tiene rasgos que las mezquindades humanas hacen que se escapen a la débil penetración del hombre, y no pudiendo apreciarlos más que Dios, tan solo a Dios le es posible darles la recompensa.
(José Marco, Cartas a la autora.)
I
Era cerca del anochecer, y un frío intenso se dejaba sentir en las calles de Toledo. Elevábase soberbio el alcázar de los reyes de Castilla, y sus estancias se iban iluminando poco a poco.
Aquel suntuoso edificio, tan silencioso y lúgubre durante el reinado de Pedro I, como todos los que este habitaba, veíase ahora risueño y animado: a los terribles ballesteros de maza, había sucedido la elegante guardia de Enrique II el Dadivoso; a las sombrías figuras de los escuderos de don Pedro, los hermosos pajes y los gallardos donceles, algunos de los cuales llevaban su laúd para divertir los oídos de la hermosa reina, que se solazaba en extremo con sus trovas, o para acallar el llanto del infante don Juan, niño de pocos años.