—En cuanto a mí, nada me importa; pero ¿es posible que no ha de haber un medio de probar al rey que Berenguela es hermana suya, para contener su pasión?
—No existe medio en lo humano para convencerle de ello, a no ser que él me crea por mi palabra.
—¡Dios tenga piedad de mí! —murmuró don Sancho—. Busca el pergamino, conde —prosiguió—, búscale y ve inmediatamente a reclamar a la infanta.
Y como advirtiese un movimiento de espanto que don Álvaro no pudo contener, añadió con tristísima sonrisa:
—Nada temas, conde; no la veré: por la memoria del rey, mi padre, te juro que sabré ser, como tú, mártir de mi propio corazón.
Nada contestó el conde, contentándose con inclinarse profundamente delante del infante; después tomó la lámpara de plata y acompañó a don Sancho a su propia estancia, decorada ya con la suntuosidad conveniente al rango del infante, profusamente iluminada y custodiada por una guardia de honor de los hombres de armas de don Álvaro.
La primera luz del alba empezaba a aparecer cuando llegaron a la puerta del aposento: los soldados presentaron las armas al regio huésped, y no bien se hubo cerrada la puerta tras él, fuese el conde precipitadamente a su aposento, abrió un armario secreto y tomó un pergamino enrollado, igual al que le mostrara en su casa la señora Urraca. Embozose en su manto, y se dirigió a la morada de aquella.
La puerta abierta le dio fácil acceso hasta su miserable estancia; pero la anciana dormía, y el conde tuvo que esperar algunos instantes.
—Vengo a buscar a Berenguela, señora Urraca —le dijo—: ahí tenéis el pergamino que me autoriza a llevármela, y doscientos doblones, como una última prueba de la generosidad y reconocimiento de sus padres.
—¡Cómo! ¿Venís a buscarla? —dijo la anciana, en cuya fisonomía se pintó claramente el disgusto que experimentaba en perder la crecida suma que le daban cada año, por atormentar a la desdichada niña—; pues en verdad, en verdad que me alegro en el alma, porque está loca de remate. ¡Berenguela, Berenguela! —gritó ocultando codiciosamente en su bolsillo el oro que acababa de recibir—. ¡Berenguela!... ¡despierta, muchacha!