Se ha visto alguna mujer bella, delicada, elegante que ha acometido con valor la colosal empresa de educar á su marido y que ha conseguido, á fuerza de paciencia y de constancia, hacer de un hombre vulgar un hombre distinguido, y hasta de un miserable, un hombre pundonoroso y honrado; pero ¿de qué modo? aceptando un martirio de todos los instantes con la sonrisa en los labios y la dulzura en la mirada; oponiendo á las malas razones las palabras suaves y cariñosas; buscando las santas coqueterías del hogar para que no la abandonase por el juego; esperándole hasta el dia para ver si por lástima á su soledad, queria retirarse más pronto; cuidando de su persona, para que su marido la hallase más agradable que á las demas mujeres que iba á buscar; rodeándole de paz, de felicidad, de sonrisas, de flores; envolviéndole, en fin, en la blanca y perfumada nube de la dicha doméstica, única legítima, única dulce, única que llena el corazon.
¡Qué valor se necesita para llevar á cabo estas trasformaciones! ¡qué abnegacion! ¡qué constancia y qué fortaleza! ¡qué ardiente fe y qué inagotable y noble paciencia!
Ved á la madre cuyo hijo ha olvidado la excelente educacion que ha recibido y que se deja llevar del mal ejemplo, corriendo de desórden en desórden; ¡con qué afan oculta á todos las faltas de este hijo ingrato! ¡Con qué heroico valor sonrie para evitar las sospechas de los maldicientes! ¡Cómo procura hacer resaltar las buenas cualidades (dado caso que le quede alguna) del hijo rebelde! ¡Con qué dulzura persuasiva le amonesta! ¡Con qué paciencia, y á la vez con cuánta afliccion le espera! Antes se cansará él de ser malo que su madre de disculparle y amarle; ántes será él débil en su inicua mision, que su madre en su sublime tarea; del valor de su madre para sufrirle y para excusarle, nacerá su cobardía para seguir adelante en la senda del mal, y dia llegará en que le diga:
--¡Gracias, madre mia, por haber sido tan valerosa! ¡Si me hubieras abandonado, hubiera caido en un abismo sin fin!
V.
Fuerza es, pues, educar á la mujer para que sepa sufrir con valor las contrariedades y dolores de la vida; fuerza es inspirarle ese valor que no deja subir al labio la queja, que enmudece ante el agravio, que perdona la injuria en vez de vengarla, que absuelve siempre, y siempre disculpa.
Las mujeres varoniles llamarán quizá á este valor debilidad; pero la que esto escribe, muy débil materialmente, sólo concibe así la fortaleza femenina, sólo así procura ejercitarla, sólo así la aconseja, sólo así la desea, y sólo así la cree la mejor corona de su sexo.
LA CORTESÍA.
I.