Dígalo si no Mad. de Lafayette, que ocupó en la prision el lugar de su marido, haciendo huir á éste disfrazado con sus vestidos.
Dígalo María Stuard, subiendo tranquilamente al cadalso.
Dígalo la madre de Calígula, la gran Agripina, dejándose morir de hambre para devolver á sus hijos, con su muerte, el rango y la libertad, y ocultando á estos mismos hijos su sublime sacrificio.
Dígalo la desventurada reina de Leon y de Galicia, doña Urraca, mezclándose con sus parciales en lo más recio del combate, y animándoles con su voz y con su presencia.
Dígalo Santa Teresa de Jesus, llevando á cabo sus reformas y sus fundaciones de la órden del Cármen, á traves de tantas tempestades y persecuciones.
Dígalo María Teresa de Austria, conquistando su propio reinado, que le habian usurpado, ceñidas la corona y la espada de San Estéban, y á la cabeza de un corto número de caballeros.
Pero, ¿á qué negarlo? á la que esto escribe, á fuer de mujer, le agrada más en su sexo el valor moral que el material; el que se oculta que el que se ostenta; el que sólo espera su recompensa en el cielo, que el que lleva en pos de sí el aplauso general y la admiracion de las naciones.
Ademas, para ese género de valor se necesita estar en circunstancias especiales; el valor silencioso, recogido y humilde tiene mucho más campo en que ejercitarse y es de todas las condiciones.
El mundo guarda oraciones para las santas, aplauso para las heroínas, admiracion para las guerreras; para las valerosas mártires del hogar doméstico no tiene ninguna recompensa, ningun triunfo; es más, ni ellas lo esperan, ni lo desean.
Su juez es Dios, su esperanza el cielo, su recompensa la felicidad de la familia que consuelan, que educan y que cobijan bajo sus alas de ángel.