Pero como las heridas del corazon no afean el rostro, sino que, por el contrario, suelen hacerle más interesante, la pobre esposa inspira á otro hombre simpatía y afecto verdadero: entónces compara entre el esposo desencantado y el galan rendido; entre el que la deja sola y el que anhela verla un instante; entre el que la desdeña y el que la ama; ¿quién puede salvar á esta mujer del precipicio cuando á nadie puede pedir consejo? su valor; ese valor que está apoyado en el sentimiento del deber, en su fe cristiana, en su propia dignidad.
Con valor generoso huye de ver á quien la persigue, y con valor contesta negativamente á todas sus aspiraciones.
Valor necesita para sofocar su sed de ternura, su necesidad de afectos, y este valor sólo á Dios lo pide; sólo de Dios puede venir.
Valor necesita para preferir el abandono en que la deja su marido y la soledad de su casa, á las dulces pláticas del amor mutuo y correspondido; para dejar las flores por las espinas, lo agradable por lo enojoso, la alegría por la tristeza, las sonrisas por las lágrimas; y sin embargo, este valor lo tiene siempre la mujer honrada.
Busquemos á la esposa en otra esfera; imaginemos que ha pasado ya la edad del amor, ó que, por dicha suya, no lo ha inspirado á ningun otro hombre más que á su marido; pero supongamos que este marido es irascible, colérico, grosero, mezquino, en una palabra, insoportable.
¿No es un valor heroico el de la mujer que á todos estos defectos opone las cualidades contrarias? ¿No hay un valor sublime en oponer la conformidad y la dulzura á la ira, la moderacion á la grosería, la paciencia á la mezquindad, la resignacion á la injusticia y el silencio digno al insulto?
Hablemos aún de la esposa; ved á esta otra afanada en arreglar su casa todo lo posible con el escaso sueldo de su marido; vedla ideando mil prodigios de economía, arreglando de su ropa los trajecitos que han de engalanar á sus hijos; mirad el vestido de la mayor; es uno de los que su madre se hizo para casarse; la blusita del segundo está hecha de la única bata de abrigo que tenía; la colgadura de la cama en que duerme el niño que áun alimenta á su pecho, es de su blanco vestido de boda. Ella cose, borda, plancha, lava, y por la noche, cuando están dormidos, reza por la dicha de su esposo y de sus hijos, en vez de descansar de las fatigas del dia.
¿Y en la mesa? la comida, dispuesta por sus manos, no es ni muy abundante ni muy delicada; ella hace platos para ofrecerlo casi todo á su marido y á sus hijos, y desde luégo todo lo mejor; ¡pobre mujer! la fatiga, los cuidados, la falta de buen alimento, han marchitado su belleza y el delicado color de sus mejillas; se apagó el brillo de sus ojos, pero áun se ve en su rostro la sublime expresion del amor, de la esposa y de la madre. Y léjos de agotarse su valor, cada dia se levanta alegre y esforzada á sufrir las mismas penas, á soportar las mismas privaciones; y no se crea que esta mujer ha sido nunca vulgar ó prosaica; si tiene algunos minutos de tiempo, en tanto que sus hijos duermen, toca el piano; esta mujer piensa y siente; gusta de leer y comprende lo que lee; no lee nunca libros necios é insípidos, y sabe distinguir, así en la lectura como en todo, lo que es bueno de lo que no lo es; tiene instinto de lo bello y una poesía natural que se comunica á cuanto toca y la rodea; no es, en fin, una mujer ordinaria, sino una criatura noble, dotada de una naturaleza exquisita; por eso tiene todas las virtudes, por eso es admirablemente valerosa para descender á todas las realidades de la vida, para soportarlas y para cumplir con sus deberes de esposa y madre.
IV.
La historia nos presenta mil ejemplos de admirable valor en la mujer.