¿Para qué quiere la mujer vivir por sí sola? Tal como vive hoy tiene ancha esfera donde moverse y donde lucir santas y adorables virtudes; y léjos de separarla del hombre, convendria educarla para que viviese á su lado, y para que fuese lo que debe ser.

No há menester el valor para seguir una carrera de áridos y monótonos estudios; no le necesita para manejar por sí sola sus negocios, para luchar con dificultades, para vencerlas, para defender un pleito ó para matar á quien la calumnie ó la ofenda; necesita el valor para sufrir como cristiana, para soportar las amarguras de la vida, y para separar de los suyos las espinas, dejándoles ver sólo las flores.

Necesita el valor para conservar en su hogar el calor y para que brille en él la luz suave y vivificante de las creencias religiosas, mantenidas con su ejemplo.

Le necesita para trabajar en las más prosaicas tareas de la casa, á fin de que no falte á su familia la decencia, lujo de las fortunas modestas, ó la limpieza, lujo de la desgracia.

Le necesita para educar á sus hijos, para consolar á su marido si sufre, para alegrar los últimos dias de sus ancianos padres: éste es el valor, ésta es la hermosa ciencia de la mujer, y no la que puede hallar en las aulas ó el que puede desplegar en los combates.

Mujeres valerosas necesita más que nada la sociedad: mujeres valerosas que se priven animosamente de las galas que puedan arruinar á su marido: que se humillen á los importantes, aunque al parecer fútiles cuidados del ama de la casa: que se doblegue á coser, á zurcir, á enseñar á su cocinera el modo de condimentar un plato y á arreglar sus habitaciones: para defender las grandes cuestiones sociales, para hablar en la tribuna, para verter sangre en la guerra, para las cátedras y para otros elevados destinos están los hombres; si algun dia llega en que la mujer sepa desempeñar todas esas cosas y en que no le sea necesario el hombre, en ese dia fatal habrán recibido una herida de muerte el hogar y la familia: porque el prestigio de la mujer debe cifrarse en valer para las cosas insignificantes en la apariencia, pero que son en realidad el eje en que descansa el gran edificio de la dicha doméstica.

III.

Voy á poner algunos ejemplos, de cómo comprendo el valor en la mujer.

Creo que al casarse una jóven--casi siempre de muy pocos años--no se deja el corazon en la iglesia, y desgraciado de su marido si tal hiciera.

Y bien: ese corazon que se ha abierto al amor del hombre á quien ha elegido por esposo, como una flor al rocío de la aurora; ese corazon tierno, sensible, lleno de ilusiones, puede verse destrozado por amargos desengaños, puede helarse al soplo del egoismo marital, como sucede muchas veces.