Estas personas no son francas ni sinceras: son desatentas, mal educadas, y están dotadas de una crueldad de corazon, que las hace odiosas y repulsivas á todos.
Hay detalles en la cortesía ó buena educacion que varian con la moda: en tiempo de nuestros abuelos, por ejemplo, las señoras permanecian sentadas cuando un caballero entraba de visita y se despedia; hoy, la moda exige que las damas se pongan en pié para saludar, y si el visitante es anciano, que se le acompañe hasta la primera puerta.
Estos detalles, en las variantes de la moda, son muy dignos de atencion, porque no hay cosa más desagradable que el parecer como figurin atrasado en el buen tono, en la elegancia de modales, en la exquisita y delicada cortesía, que hacen tan amable, tan amada y tan distinguida á la mujer.
En la mesa la cortesía, ó mejor dicho, la expresion de la misma ha cambiado tambien: hoy el papel de los dueños de la casa es mucho más sencillo y más fácil de desempeñar que hace veinte años: el cuidado de trinchar es de los criados que sirven alrededor de la mesa, presentando los platos por la izquierda de los convidados: hoy las instancias para que éstos repitan de los manjares están completamente suprimidas, y á ménos de no caer en delito de lesa elegancia, no se pueden hacer finezas á ninguna de las personas que nos acompañan á comer; pero la señora de la casa tiene otros mil medios de complacer á sus convidados: la colocacion de los asientos, aproximando á los que más puedan simpatizar, las gracias de la conversacion, la atencion constante de los detalles del servicio, le abren ancho campo para ser amable.
Despues del café, el salon habla tambien de una manera muy elocuente en pro ó en contra de la cortesía de la señora de la casa: el salon debe ser el agradable asilo de la amistad, y el sitio donde todas las personas que asisten á él se hallen, no sólo bien, sino perfectamente.
Un salon abrigado, donde haya un piano que hagan sonar de cuando en cuando manos artísticas, donde haya libros y grabados, donde haya sobre todo una conversacion amena, cordial y sostenida al dulce calor de una inteligencia femenina, jamas estará solo.
Cuando me hablan de las tertulias íntimas de nuestros padres y busco la causa de que hoy no las haya, la encuentro al punto.
En nuestros dias la mujer se ha entregado por completo á la frivolidad, y el hombre, cansado de frivolidades, á la ambicion: la vanidad y el afan del lujo invaden los cerebros femeninos, y el hombre busca el medio de que la mujer alcance sus deseos, anhelando cada dia más fortuna.
Á la mujer, pues, toca dar luz y calor al hogar: si ella le embellece con su talento, con su bondad, con la cortesía, que es la expresion de aquéllas, la sociedad le deberá un voto de gracias.