¡Oh dicha de la vanidad! ¡quién pudiera disfrutarte!

Estas personas son muy felices, pero son, en cambio, sumamente molestas.

Prefiero tratar con un pobre sér agobiado por un descontento incurable; prefiero tener á mi lado á un misántropo, á tener que soportar la necia vanidad de un tonto, cansada para el dichoso, ultrajante para el triste, antipática á todos.

Las personas vanidosas son las que ménos simpatías tienen: porque no se contentan sólo con la competencia; quieren sobresalir en todo y por todo, quieren siempre ocupar el primer lugar, y no comprenden que están ofendiendo siempre á cuantos hablan con ellos.

Personas he visto que estando fatigadas, no sólo por penas morales, sino por privaciones materiales, han tenido el empeño de hacer creer á todos en su felicidad y en su riqueza, y no por dignidad, que esto hubiera merecido alabanza, sino por vanidad, por necio deseo de inspirar envidia á otros que padecian las mismas ó más crueles penas que ellos.

¡Triste aberracion, que sólo les traia antipatías y enemistades de las personas á quienes herian y humillaban!

IV.

Hay otra tercera clase de personas á las que se les figura que les falta todo, á causa de una modestia que ya llega á ser como una dolencia del ánimo.

Esta clase es tambien desgraciada, y quizá más que ninguna, porque cuando falta la completa estimacion de sí mismo no hay valor para nada, y el alma está en una angustia contínua.

No hay nada que me cause más lástima que el ver á una persona dominada por una timidez excesiva; porque hay muy pocos sufrimientos morales que se puedan comparar á éste.