La vanidad es á la vez osada y feliz; el descontento de la vida es altivo y algunas veces amargo; pero la excesiva modestia, el pobre concepto de sí mismo, es un mal gravísimo y de difícil curacion.
¡Yo no valgo nada!
Este pensamiento es terrible, amargo, desconsolador, y poco á poco va empequeñeciendo el ánimo y amenguando insensiblemente el valor moral é intelectual de quien le abriga.
Todos valemos algo; todos somos útiles en la tierra; todos llevamos en el alma el grano de oro, la centella divina que, en un momento dado, puede enriquecer y alumbrar, y todos debemos estimarnos para que nos estimen, porque la primera condicion de la dignidad es el conocimiento de la propia valía.
Apelemos, pues, á la razon para hallar el justo medio, que está tan léjos de la excesiva vanidad como del extremo descontento, y tengamos equidad para los demas, á la vez que la tenemos para nosotros mismos.
LOS RECUERDOS.
Siempre, aunque sea en una cárcel,
Hay un rincon ignorado
Do alguna vez se ha gozado