LA FE.

I.

Si hay alguna cosa que disculpe en la mujer el atrevimiento de escribir para el público, es sin duda la buena intencion con que debe hacerlo.

Y no creais, lectoras mias, que yo considero una culpa en mi sexo el dedicarse á las tareas literarias: si abrigase esta persuasion, no escribiria.

Vale más, á mi modo de ver, llevar la frente erguida, aunque desnuda de coronas, que inclinada con sonrojo, aunque ceñida de laureles.

La mujer cuando escribe debe hacerlo guiada por una buena intencion, no para disculpar una falta, sino para excusar un atrevimiento; que tal considero el exponer al público los sentimientos del alma.

Yo soy la primera en conceder que la mujer debe concretar su talento y su poesía al cuidado de su casa y al embellecimiento de la existencia de su esposo y de sus hijos.

Pero si nace alguna con tan rico caudal de imaginacion y actividad que le sobre aún despues de emplear el que requiere el cumplimiento de sus deberes; si su corazon, demasiado amante, ó su imaginacion viva, ó su juventud, demasiado solitaria, necesitan mayor pasto que la generalidad, ¿por qué ha de privársele de un desahogo ó distraccion que á nadie ofende y que puede enseñar algo ó servir de algun consuelo á las demas mujeres?

Y no creais tampoco que la palabra enseñar encierra gigantescas y ridículas pretensiones; que muy provechosas lecciones puede dar una mujer sin más que tener corazon, á aquellas criaturas que le tienen dormido por su naturaleza, desgarrado por la desgracia ó endurecido por el desengaño.

Yo aspiro á probar si sé enseñar á creer en este artículo, porque creer es uno de los mayores beneficios de la vida.