Y no obstante, para enseñar á creer se requiere tan sólo no carecer de fe, de esa fe que tiene por morada una alma tierna y un corazon sano; se necesita haber sufrido y haber llorado, pues sólo en el dolor es cuando nuestro corazon busca un consuelo más elevado que los que podemos hallar en el mundo.
En la alegría olvidamos á Dios; el primer grito de nuestra pena es éste:
--¡Piedad, Dios mio!
II.
¡La fe! ¡Bendita sea!
Esta hermosa hija del cielo nos hace mucho bien para que no la acojamos con amor en nuestro corazon.
Sin ella no habria en el mundo sentimiento alguno bueno ni honrado, ni áun mundo habria.
La fe es el orígen del amor de los esposos; del cariño de los hermanos; de la pasion de los amantes; de la tierna simpatía á que damos el nombre de amistad.
La fe nos ofrece una vida de eterna ventura, y hasta alcanzarla nos da valor para sufrir las penas de este valle de lágrimas.
La fe ha llenado de santos mártires el cielo y de santas vírgenes los conventos del mundo.