Los persas, que adoraban á un elefante y le servian de rodillas, son para mí más comprensibles que vosotros.
Los druidas, que consagraban sus vírgenes al culto de la luna, son más simpáticos á mi corazon.
Las legiones romanas, que tremolaban los estandartes de Marte y de Belona, son más valerosas.
Los gentiles, que atribuian á Orfeo una lira divina, á Diana un amor contemplativo y melancólico, á Júpiter una justicia inmutable, y que esperaban en los campos Elíseos, tienen para mí un espíritu más elevado que vosotros.
Porque vosotros nada creeis, y por consiguiente, nada esperais.
Abominando del mundo, no quereis dejarle, porque nada veis más allá que os compense los mezquinos placeres que os ofrece.
Gastais prematuramente el cuerpo en los desórdenes, y no veis en la celeste techumbre esa bendita palabra que el Eterno escribe con estrellas: ¡Gloria!
Es indudable que teneis un alma, puesto que vuestro cuerpo está animado: es forzoso que el alma busque una creencia, como dice Pelletan: pero rechazais la sed de encontrarla.
El que dotó de alma al hombre; el que puso en ella instintos de gloria y de ambicion; el que formó su corazon para el amor, es un sér grande y benéfico, y este sér, todo verdad y grandeza, no debe decir en vano al hombre: «¡Cree y espera en mí!»
V.