La fe tiene tiernas supersticiones que consuelan.

Las flores que brotan en la sepultura de un niño despiden para su madre un reflejo de la risa de aquella criatura, á quien tanto amó.

En su perfume cree aspirar el hálito del sér que voló desde su regazo al cielo.

Cree ver en su blancura la imágen de la frente purísima en que tantas veces apoyó sus labios.

Y el murmullo de los cipreses del cementerio es, á sus oidos, la voz de su hijo que canta dulcemente en su tumba.

El amor es la poesía de la religion: la fe es su beneficio.

Los pueblos más poéticos son los que más fe tienen: ved á los musulmanes adorando á Alá: á los indios llamando al Grande Espíritu; ved á las jóvenes del Missisipí colgando entre las ramas de los almendros en flor las cunas en que yacen los cadáveres de sus hijos, porque dicen que sus almas suben al cielo entre el aroma de las flores.

Los más crueles perseguidores de los cristianos, Diocleciano, Galerio y Maximiliano Hercúleo, tenian fe en sus dioses, fe idólatra y fanática, pero grande y poderosa, pues alcanzaba á ahogar todos los instintos del hombre, todas sus afecciones: nadie ignora que se vieron prefectos y emperadores que sacrificaron á su fe hasta sus propios hijos.

¿A qué deidad sacrificais vosotros, ateos de nuestro siglo?

¿A quién rendís culto?