Ahí teneis á la santa niña Emerenciana, que muere á pedradas, miéntras ora en las catacumbas.
Ahí teneis, en fin, á San Casiano, que rinde el postrer aliento á manos de sus discípulos en la misma escuela que regenta, y sin dejar escapar una queja, sin dejar de cantar las alabanzas del Eterno.
¿Quién, sino la fe, pudo dar tal fortaleza á los niños y á los ancianos?
¿Quién estancó el llanto de las madres?
¿Quién dió regocijo á los padres por la muerte de sus hijos?
Sólo ese sagrado fanal que alumbra los ojos del alma para que crea en otra vida mejor.
Sólo la fe obra tan admirables prodigios.
Sólo la fe pone dulces sonrisas en los labios de los que padecen.
VI.
La fe es tan consoladora como benéfica.