EL TÚ Y EL USTED.
I.
Hace algunos años leí en un periódico unas líneas, que me inspiraron este artículo: aquellos renglones eran los siguientes:
«La más completa confusion deja conocer apénas quiénes son superiores, quiénes inferiores, cuáles los padres, cuáles los hijos, pues una igualdad homicida y vergonzosa los ha confundido enteramente.»
Desde entónces, como digo, pensé en este artículo, pues creo que de esa igualdad que se advierte en algunas familias, no tiene la culpa el tú, tan amante y confiado, que los hijos emplean con sus padres: otra base más perjudicial tendrá esa igualdad, tan culpable para toda persona sensata, y de ella deberia castigarse á los padres, no por consentir el que sus hijos les llamen de tú, sino por no saber guardar su lugar y su decoro.
Yo me honro con la amistad de infinitas familias en las que hablan de tú los hijos á los padres, y, sin embargo, al primer golpe de vista se conoce cuáles son los padres por las distinciones, los cuidados y la ternura de que se les rodea.
¿Qué espectáculo es más dulce?; el que ofrece un niño que se abraza confiadamente á su padre y le dice al oido estas palabras: «papá, ¿quieres que no me vaya todavía á acostar?», ó el que presenta una criatura que á diez pasos de su padre murmura estas palabras: «¿quiere usted que me esté aquí un poco más?»
Fácil será decirlo, si se observan los semblantes de los dos; el del primero revela la dicha y el bienestar; su mirada es leal y franca: el del segundo retrata un temor servil; su mirada oblícua examina á hurtadillas el rostro de su padre, que no se atreve á mirar de frente.
Y, sin embargo, aquel niño que llama de tú á su padre, como á su mejor amigo, es probable que sea con él más tierno, amante y atento que el que le llama de usted; los padres han sido colocados por Dios mismo en un pedestal tan elevado, que sólo pueden descender de él por culpa suya. Si un padre comprende el sublime destino que le ha sido conferido; si le comprende y le estima lo bastante para guardar su propio decoro y no cometer nunca ninguna accion reprensible, sus hijos le respetarán siempre, aunque sólo sea por ese instinto que Dios mismo ha colocado en el corazon humano, por esa necesidad que todos tenemos de vivir sujetos á una naturaleza superior: la libertad absoluta es un dón tan fatal, que no se hace amar de nadie.