»--Padre, respondí yo bajando la cabeza, vengo á decirte que he levantado la mano á mi hermana.
»Mi padre se irguió, y sus grandes y poderosos ojos centellearon; pero bien pronto se apagó aquella luz fugitiva, desprendiéndose de ellos algunas lágrimas.
»--Si yo te diese ahora un golpe con toda mi fuerza, sería un cobarde, ¿no es verdad, Fernando? me preguntó.
»--No, padre mio; tienes el derecho de hacerlo.
»--El fuerte no tiene ningun derecho para maltratar al débil; un golpe mio te aplastaria, porque eres débil como una doncella; luego yo sería un cobarde, y ademas padre bárbaro y cruel.
»Yo guardé silencio.
»--Fernando, continuó mi padre, tu eres un cobarde; has pegado á tu hermana, que cuenta dos años ménos que tú, y que es mujer.
»El orgullo herido vistió mi frente de una ardiente púrpura; pero devoré mi ultraje y callé.
»--Vas á pedir perdon á tu hermana, continuó mi padre; y luégo, hijo mio, para rehabilitarte á tus propios ojos, pasarás cuatro dias en tu cuarto, sin salir ni áun para comer.
»Yo, por mi parte, continuó abrazándome, te he perdonado ya, desde el momento en que depositaste en mí tu confianza; nunca llama en vano un buen hijo al corazon de su padre.