»El mio, prosiguió mi amigo, se anegó en ternura al sentirme acariciado por el que me podia castigar severamente; las lágrimas que veia correr por las mejillas de mi padre hicieron brotar dos raudales de mis ojos: aquel hombre, cuyo valor era proverbial, cuya probidad acataban todos, y á quien yo veia cercado siempre de tanto respeto, se convirtió desde aquel instante para mí en mi único amigo y supo captarse mi confianza hasta el extremo de ir yo á revelarle todos mis proyectos de diversiones y amores, pudiendo confesar hoy con orgullo, que á la amistad de mi padre debo el haber evitado todos los precipicios de que la juventud está rodeada.»

Este hombre, que, como se puede suponer, sigue con sus hijos el ejemplo de su padre, no ha enseñado á éstos á llamarle de usted, porque está convencido de que este tratamiento que él rechaza con sus amigos, no debe colocarse como una barrera entre la amistad que él y sus hijos se profesan.

IV.

Nada hay más grande, más sublime, más poderoso que Dios: y sin embargo, él nos ha mandado llamarle de en las oraciones que ha hecho con sus ángeles y que por boca de éstos y de sus apóstoles nos ha trasmitido para implorarle y darle gracias: Padre nuestro que estás en los cielos, dice el cristiano cada dia: llena eres de gracia, pronuncia al saludar á María con el ángel; entre Dios y sus hijos no se conoce el usted, y sería una burla sacrílega é impía emplearle con el Criador y su divina y amantísima Madre.

¡Padres, que sois la imágen del Criador en la tierra! ¡Madres, que habeis recibido de la Madre comun de nuestro sexo el ejemplo de la más santa y heróica ternura! Si sois buenos é irrepensibles, no necesitais de nada más para inspirarles respeto, porque la tierna niñez, la pura adolescencia, aman la virtud y respetan la dignidad: mas si por desgracia se encuentra entre ellos alguno cuya índole indómita necesita de rigor, usadlo á su tiempo, seguros de que, si es oportuno, os considerarán siempre como sus mejores amigos, y revestidos ademas por Dios de un poder semejante al suyo, que os permite castigarles y premiarles en este mundo; que vuestro amor vaya acompañado de dignidad, y que hallen siempre vuestro seno preparado á recibir su cabeza culpable, y vuestra mano armada del castigo que ha de rehabilitarles; de este modo oiréis siempre en torno vuestro estas dulces y consoladoras palabras, que tanto bien hacen al corazon, que son la única ventura positiva de la tierra:

--¡Padre mio! ¡Madre mia! ¡Qué buenos sois! ¡Yo os amo más que á todas las cosas del mundo!

LA AMISTAD.

I.

Con tanto asombro como pena he oido á algunas mujeres quejarse de que no existe la amistad, y de que han sufrido ya muchas decepciones, lo que dicho por bocas jóvenes y sonrosadas me ha parecido increible, ó por lo ménos muy dudoso; creo más bien que estas mujeres comprenden mal la amistad, y la exigen más de lo que puede dar, queriendo que se eleve á la categoría del más sublime heroismo.