Y es por cierto un error bien lamentable que, así en amistad como en amor, queramos siempre recibir y no dar; deseemos abnegacion constante y no demos en cambio tolerancia y prudencia.

Si para conceder nuestra amistad esperamos encontrar una persona perfecta, jamas tendrémos amigos. Ningun mortal está exento de defectos; sólo se debe, pues, procurar que los seres á quienes amemos tengan los ménos posibles, y que sean de tal naturaleza que podamos soportarlos sin menoscabo de nuestra dignidad.

Una señora me dió no hace muchos dias, al oirme hablar así, la siguiente lógica contestacion:

--No hay necesidad de soportar las faltas ajenas por amistad solamente: amigos que hagan padecer no son convenientes, y mejor se está uno solo en su casa, que sufriendo las impertinencias de los más.

--Mas ¿qué nos queda, repuse, si despreciamos las simpatías del alma, si desairamos las bellas prendas que posee una persona, sólo porque se le reconoce algun defecto?

--Nos queda el estar tranquilos, y el pasar la vida con las menores penas posibles.

--¡Ah, señora! exclamé; nos queda sólo el egoismo, y el egoismo no ha hecho jamas la dicha de nadie; ¡no se queje V. de que no hay amistad en la tierra, puesto que nada quiere hacer por ella!

II.

La historia guarda en sus páginas la memoria de dos mujeres, que toda su vida estuvieron unidas por la amistad más tierna y más pura: Isabel Wolf y Agata Deken, fundadoras de la novela en Holanda, cultivaron juntas las letras, juntas escribieron, y vivieron juntas desde que la viudez de la primera la dejó sola en el mundo: esta union fué tanto más admirable, cuanto que á las rivalidades femeniles podrian unirse las literarias, y la emulacion que éstas llevan siempre consigo; pero léjos de ser así, vivieron siempre unidas con la más cariñosa amistad, y la vida arreglada, piadosa, ejemplar que llevaban, les conquistaron el afecto universal, á la vez que una admiracion verdadera por las obras de su ingenio.

El dia 5 de Noviembre de 1804 murió Isabel, y Agata no pudo sobrevivirla más que nueve dias: anciana y aislada en la tierra, pues habia perdido á su esposo y á sus hijos, Agata miró la muerte como el último de los beneficios que Dios podia enviarle, y dió, muriendo, á su amiga la postrera y tierna prueba del dulce y profundo afecto que las habia unido, tan raro entre dos mujeres, y quizá único entre dos mujeres escritoras.