El motivo era bien sencillo: amigas desde la infancia, aquella jóven, hermosa y llena de mil bellas cualidades, amaba á la señora de T...., que tenía muy malos instintos: pero como para que haya malos ha de haber buenos, ésta era, sin duda, la causa de que no se rompiesen los lazos de aquella amistad tan tierna y sincera por una parte, tan falsa y mentida por la otra.

--¿Cómo haré yo para echar de casa á esta insoportable mujer? preguntaba un dia la señora de T. á uno de sus más asiduos visitantes.

--¡Insoportable! repuso éste muy admirado; ¿llama usted insoportable á esa mujer angelical?

--Justamente; la llamo insoportable, porque para mí lo es.

--Pero ¿por qué causa? ¿En qué ha podido ofender á usted? ¡Ella es tan buena, tan dulce, tan amable!...

--¡Por favor, caballero, basta de elogios! exclamó la dama muy apurada: ya sé todo lo que es; pero áun sé mejor que no la quiero en mi casa, y para que no vuelva, estoy discurriendo un medio que no me es dado encontrar.

--Pues hay uno muy fácil, respondió él.

--¿Uno muy fácil? ¿Cuál es?

--Dentro de tres dias es su santo de usted.

--Es cierto.