--¡Pero si estoy seguro de ello! exclamó el oficioso exasperado; ¡usted verá cómo le hacen un desaire que no se espera!

--¡Un desaire! ¡A mí!

--¿Quiere V. que le diga cuál?

--No, amigo mio, respondió la señora de Z.; jamas me ha gustado sentir males anticipados; ellos vienen sin que se puedan evitar: así, pues, esperaré esa ofensa, que su extremado celo me anuncia, con calma, sin impaciencia ninguna porque llegue.

Y aquí la jóven cambió de conversacion con una perfecta suavidad en la apariencia, pero en realidad con una voluntad tan firme que su visitante no pudo, por más esfuerzos que hizo, volverla á traer al terreno que deseaba.

La ofensa, sin embargo, no se hizo esperar.

Ajena la señora de Z. á lo que pasaba en el corazon de su amiga y á los pérfidos consejos que le daban los envidiosos, preparó un traje conveniente para el dia del santo de aquélla y esperó, no sólo la invitacion general, sino tambien la visita particular y amistosa de la señora de T....; pero fué en vano; no recibió ni invitacion ni visita.

Este golpe la hirió profundamente, tanto por lo que tocaba á su corazon, cuanto por lo que tocaba á su amor propio; lloró mucho aquel dia: pero á las nueve de la noche se vistió con su buen gusto acostumbrado, y se dirigió á casa de su amiga, á cuya tertulia iba todas las noches.

IV.

Todos los que la vieron entrar tranquila, serena, risueña, se quedaron admirados, porque todos sabian la ofensa que habia recibido, y casi todos se alegraban de ella.