Nadie ha presentado el orgullo bajo formas más poéticas y bellas, y al mismo tiempo más verdaderas, que Eugenio Sué, en la lindísima novela que lleva por título La Duquesa, y que está basada en el primero de los pecados capitales. La hermosa y casta Herminia, aquella jóven de diez y ocho años, por cuya alma purísima no han resbalado nunca más que nobles y virtuosos pensamientos, es la personificacion de la dignidad de la mujer, ó por mejor decir, de su bien entendido orgullo; porque este orgullo le hace sobrellevar la miseria y las privaciones con paciencia, y hasta con alegría. Este orgullo hace frente á todas las asechanzas de un hombre pervertido, que desea seducirla. Este orgullo le hace respetar el secreto de su madre, consintiendo en aparentar que ignora á quién debe la vida. Y este orgullo, en fin, le hace guardar su lugar tan admirablemente, que la altanera Duquesa de Sennéterre, una de las damas de la más antigua nobleza francesa, tiene que ir á su casa á pedirle que consienta en casarse con su hijo, el heredero de todos sus títulos y blasones.
Al que haya leido esta lindísima novela nada puedo decirle ya en elogio del orgullo. En ella, como dije ántes, está poetizado y embellecido de un modo tan sublime y con tal fundamento, que necesariamente debe convencerle de que es útil y hasta necesario. Casi pudiera decirse que el orgullo es el padre de la gentil y graciosa coquetería; porque una mujer orgullosa es aseada, ya que no puede ser elegante, y el aseo es el lujo y la coquetería de los pobres.
Una mujer digna lleva, con una elegancia sin igual, un vestido blanco, cuyo coste no pase de ochenta reales, y muy económico ademas, porque cada vez que se lava queda nuevo y fresco, y quizás desluce con él á otras que ostentan trajes de muy subido precio.
Una mujer digna y orgullosa, en la buena acepcion de esta palabra, recibe, sin cortarse, en su modesta vivienda la visita más encumbrada. No descubre en su frente esa culpable vergüenza de no ser rica, que atormenta á tantas otras; hace con perfecto desembarazo los honores de su casa, porque su orgullo, tan exigente, por lo ménos, como la más delicada conciencia, le grita sin cesar al oido:
«Tú eres noble, estimable y rica, porque eres buena.»
Ademas, la mujer que posee aquel sentimiento, escucha con altivo y generoso desden todo aquello que puede ofenderla, por más que á sus solas pague un justo tributo al dolor que las injusticias del mundo le ocasionan.
II.
El orgullo es tambien necesario en la vida doméstica. Aunque el destino, la condicion y el deber de la mujer le aconsejan que sea amante y apacible, aunque la resignacion es una de las virtudes que más la realzan, hay casos en que á todas estas consideraciones debe sobreponerse un noble y bien entendido orgullo.
No me entretendré yo, por cierto, en señalar cuáles deben ser estos casos. En ellos el único juez es la conciencia; pero sí aseguraré que la mujer buena y religiosa debe seguir los impulsos de su orgullo, cuando éste se levanta en su corazon herido, segura de que las decisiones dictadas por él serán siempre justas y razonables.
El orgullo impide á la mujer el ser perjudicialmente coqueta, el exagerar y el aventurar la más leve mentira. El orgullo imprime á sus modales un carácter digno y distinguido, sin que por esto dejen de ser dulces. El orgullo, la hace solícita para sus hijos, amante de su marido, y buena y entendida ama de su casa.