La mujer orgullosa cuida mucho de que nadie tenga nada que reprocharle. Sus acciones son siempre buenas y leales, porque moriria de pena si tuviese que inclinar la frente delante de alguno. Quizás no comete faltas, por no tener cómplices que pudieran un dia echárselas en cara. No veréis nunca que una mujer orgullosa se case con una persona deforme; primero muere soltera evitando el peligro de ser infiel á su marido, porque sólo se casa con un sér á quien pueda amar.

Dedúcese de todo lo dicho que una mujer puede ser buena con solo tener orgullo. El temor de las reconvenciones de otro, le hace cumplir con todos sus deberes; y aunque sepa que por prudencia, y por otras consideraciones, han de callar acerca de sus acciones, su conciencia, en extremo intolerante y siempre alerta, no le permite el más leve desliz. Siempre y en todas las ocasiones de su vida es mártir de su deber: ni causa á sus padres el más pequeño disgusto, ni da á sus hijos nunca un mal ejemplo.

III.

El orgullo, sin embargo, puede degenerar en un sentimiento culpable y hasta odioso, si no va acompañado de mucha dulzura de carácter.

El orgullo inspira tambien un desmedido deseo de brillar. Pero entónces merece el nombre de orgullo mal entendido; es decir, destituido de dignidad y de generosa altivez.

Muchas personas confunden el orgullo con la vanidad. Nada hay, sin embargo, más opuesto. El orgullo, como ya he dicho, es conveniente y hasta preciso, cuando va acompañado de buenos sentimientos y de buen carácter. Es culpable y odioso si invade el alma completamente, engrosado por las lisonjas del mundo, y ahoga en ella todos los sentimientos dulces y tiernos.

Pero la vanidad es demasiado raquítica para ser mala, y sobrado menguada para ser buena. Es ménos que buena y que mala, es ridícula.

La vanidad no se replega como el orgullo digno, ni obra con energía como el orgullo ambicioso. Su afan está reducido á brillar, ó, mejor dicho, á llamar la atencion en todas partes: las mujeres vanas eligen lo más vistoso con preferencia á lo más bonito, y se contentan con los triunfos más mezquinos, como es el despertar la envidia de las demas mujeres.

No hay cosa que más hiera que el ridículo. El mundo compadece quizá á un ser culpable, pero se encarniza con el que está marcado por aquél. Así, pues, creedme, lectoras mias, huid de él y precaveos de sus tiros. Para conseguirlo, no existe otro medio que arrojar léjos á la vanidad cuando se acerque á vosotras. No cometais jamas el craso y lamentable error de confundir la vanidad con el orgullo digno y altivo, que es una de las más bellas dotes de la mujer, y la defensa más eficaz de su virtud, cuando está secundada por la sublime y hermosa religion.

Y para preservaros de la vanidad, huid siempre de deseos y caprichos dispendiosos. Cuando anheleis una cosa, un traje, una joya superior á vuestros haberes, desechad ese deseo como culpable é hijo de la vanidad, y como preludio de otros desordenados. La vanidad no cesa jamas en sus perversas sugestiones, y cada dia os hará desear cosas nuevas y más árduas. La vanidad enajena el cariño de los padres, del esposo y de los hijos, los cuales, por su parte, no pueden amar mucho al sér que les priva de su decencia y bienestar por satisfacer sus caprichos é inagotables exigencias. La vanidad os robará la consideracion y el aprecio de la sociedad, que todo lo escudriña; y la envidia, que tanto dominio tiene en el mundo, buscará todos vuestros defectos, y áun os los prestará imaginarios, para vengarse de vuestra vanidad.