La primera figura que se ofrece á nuestras miradas al empezar á distinguir los objetos es la de nuestra madre; que se apoya en nuestra cuna y espía nuestra primera sonrisa.
Crecemos, y nuestra inteligencia se va desenvolviendo, mirándola velar nuestro sueño, escuchando el dulce cantar con que le arrulla, sintiendo en nuestra frente el dulce calor de sus besos.
¡Feliz la que ha conocido jóven áun y hermosa á su madre!
¡La imágen que guarda de ella en su corazon reune la perfeccion física á la moral, y cualesquiera que sean las pruebas por que pase, halla su refugio en aquel recuerdo incomparable!
¿Pero cuándo puede una madre dejar de ser bella?
¡Jamas!
Ora la veamos con los cabellos blancos, ya estén vestidos con el matiz de oro ó de ébano de la juventud, la madre está siempre rodeada de una aureola de belleza y de poesía.
La amistad, el amor mismo nos engañan muchas veces; el amor paternal es tambien capaz de flaqueza y de olvido; sólo el amor de la madre es infinito, como la clemencia celeste.
Una madre es la figura más noble y más poética que la humanidad nos presenta.
María, Madre de Dios, es la personificacion del amor tierno y sublime, que llega hasta la heroicidad.