La Vírgen de Judá no es más que madre desde el instante en que el ángel le anuncia que ha concebido; su pensamiento, su corazon, su alma entera está unida á su adorado Hijo: en él piensa á todas horas, y desde el dia que le da á luz, se consagra única y exclusivamente al cuidado de su infancia; síguele en su vida errante y trabajosa, oye su divina palabra confundida entre las gentes del pueblo, y llora y siente, conmovida hondamente por el raudal de sabiduría que brota de los labios de aquel hombre, el más grande que ha nacido del seno de una mujer.

El suyo se enorgullece de haber abrigado á Jesus; su corazon palpita acelerado, sus mejillas se ponen encendidas, sus ojos están húmedos y brillantes; la Vírgen divina deja el lugar á la Madre, que siente con su Hijo, que se arrebata al oirle, de amor y de entusiasmo.

Síguele más tarde en todo el curso de su dolorosa pasion, y le acompaña durante su prolongado martirio. ¿Qué dolores son comparables á los que sufre aquella madre, la más amorosa y tierna de cuantas han existido? ¿Qué tormentos pueden igualarse á los suyos?

¡La muerte es mil veces más dulce que aquella agonía prolongada, amarga, lenta, fria, por decirlo así, pues no tenía ni podia hallar consuelo en lo humano!

Vedla despues, sentada al pié de la cruz, sin lágrimas, y contraidas sus facciones por aquel mortal dolor, que despedaza su corazon. ¿Cómo aquella bella y delicada naturaleza supo soportar tan acerbo martirio? Sólo porque su mismo Hijo la impuso la vida, haciéndola la Madre de todos los hombres en la persona del discípulo amado.

--¡Hé aquí á tu Madre! dijo al apóstol.

--¡Hé aquí á tu Hijo! añadió dirigiéndose á María.

De esta suerte dió á la humanidad entera el santo escudo del amor maternal.

III.

¡Cuán sublime es la mision de la madre!