Ella es la que lleva el peso de todos los cuidados de la casa; ella la que medita, la que se desvela para que cada uno de sus hijos halle el bienestar, segun su carácter y sus aspiraciones.
Aunque se halle dotada del organismo más exquisito y más poético, toma para sí las mil pequeñeces materiales que fatigan su espíritu, y que la hacen vegetar en las heladas regiones del positivismo; y como descanso de sus contínuas fatigas se refugia en la religion, para orar, ántes que por ella, por sus hijos, que son la parte más querida de sí misma.
No es al padre á quien se confian los sueños dolorosos, que á veces nos asombran, las ilusiones de un amor naciente, y las aspiraciones de gloria, que al dar los primeros pasos en la senda de la juventud, se agitan en nuestro cerebro; ¡es á la madre! porque la madre, áun más que aconsejar, adivina, consuela, comparte nuestras esperanzas y llora nuestras decepciones.
Si por acaso la inteligencia de la madre no está al nivel de la de su hijo, siempre hay en ella bastante abnegacion para comprenderlo así, y siempre halla recursos en su imaginacion para analizar y dirigir el pensamiento de su hijo.
Y si la madre posee elevado talento, ¡cuánto más grande es su sacrificio!
Á la vez que madre es mujer, es decir, un sér sujeto á sueños é ilusiones; un sér apasionado, sobre el cual ejercen una poderosa influencia los objetos exteriores, y que por lo mismo experimenta muchas veces una vaga tristeza, y cede con frecuencia á un profundo desaliento, que disimula heroicamente para animar y consolar á sus hijos.
¡Cuántas veces la madre tiene que combatir con su esposo, empeñado en contrariar la vocacion de su hijo acerca de la carrera que ha de seguir, ó la inclinacion amorosa de una hija!
¡Cómo suplica entónces!
¡Cómo emplea la doble elocuencia de su corazon y de su talento!
¡Qué inagotable es el manantial de su llanto!