Este es el grito que hoy tambien se escapa del seno de muchas mujeres, que se inclinan sobre una cuna, áun vacía.
Desde que la mujer siente un hijo en su seno, sólo anhela la venida de este hijo; su corazon se llena de la ternura más fuerte, más pura, más desinteresada; de la ternura que da siempre, y que no recibe casi nunca: de una ternura que no agotan ni las fatigas, ni los sacrificios, ni áun la ingratitud, que es algunas veces su recompensa; de una ternura que no se asusta de las pruebas más duras y que, cuando tiene su orígen en la sagrada fuente de la religion cristiana, nutre, como dice San Agustin, almas para el cielo.
Séfora, madre de los Macabeos, supo exhortar á sus hijos á resistir al tirano Antíoco, y á desafiar el horror de los tormentos, porque aquella valerosa madre amaba á sus hijos tanto y tan bien, que anhelaba conquistarles, áun á costa del martirio que su corazon sufria al verles martirizar, la felicidad eterna.
«Esta madre era--dice la Escritura--admirable y digna de vivir en la memoria de todos.»
Antíoco quiso conquistar por el prestigio de las riquezas y de los honores al más jóven de los hijos, al Benjamin de esta heroica Raquel: mas ella, inclinándose hácia el niño, le exhortó con penetrante energía, y le rogó que fuese digno de sus hermanos y de sí mismo.
«El Rey, inflamado en cólera, fué más cruel con este niño que con sus demas hermanos, y aquél murió confiado en el Señor: la madre sufrió la muerte despues de todos sus hijos»[[2]].
II.
Virgilio ha celebrado con su poesía encantadora á la madre de Euryalo, la única entre las mujeres troyanas que tuvo valor para seguir el destino de su hijo. Euryalo sucumbe en el combate, y su cabeza, colocada en la punta de una lanza, es paseada ante las tiendas.
La madre, atraida por los gritos de los vencedores, sale del campo de Eneas, á favor del cual combatia su hijo, y vuela al del enemigo, donde aquél ha sucumbido; ve la cabeza de Euryalo; los cabellos de la madre se erizan sobre su frente; su rostro se cubre de mortal palidez; su corazon se ha partido de dolor... tiembla un instante... extiende los brazos, y cae con el rostro contra la tierra, para no levantarse jamas.
Santa Mónica, la dulce y amable madre de San Agustin, mostró su amor hácia su hijo, llorando desconsoladamente los excesos de aquél, y ofreciéndose al cielo en holocausto de sus errores.