San Agustin lo dice en estas admirables palabras, dignas de su colosal talento: «Mi madre ha sufrido mucho más para engendrarme á la verdad y á la virtud, que para darme al mundo.»
Estas palabras encierran una elocuente leccion para todas las madres, porque la maternidad moral es el complemento de la maternidad material, y no pueden las mujeres ser dignas del sagrado nombre de madres, sino educando á sus hijos y haciéndolos amar la virtud.
Santa Mónica comprendia así su admirable mision: educó á su hijo con más tierno cuidado; le dió los profesores más distinguidos de su tiempo para que cultivasen su talento, y ella se reservó el cuidado de formar su corazon; siguióle á Cartago, á Roma, á Milan, hablándole siempre en lenguaje dulce y penetrante y mostrándole á la vez el ejemplo de todas las virtudes.
Pero todo era inútil: el hijo rebelde, extraviado más bien por su imaginacion ardiente que por su corazon, no escuchaba nada, y saltaba de abismo en abismo; un dia el peligro en que se arrojó era tan grande, que el corazon maternal estalló en sollozos profundos y desgarradores.
Dios escuchó aquel grito supremo y ablandó el corazon del hijo, que se volvió por entero hácia su madre.
Mónica lloró veinte años; pero obtuvo, no sólo la conversion, sino la santidad de su hijo; murió dichosa y tranquila, y aquel hijo, que fué obispo, lumbrera de la Iglesia y doctor de sabiduría consumada, no podia, ni áun en los dias de su ancianidad, hablar de su madre, sin que una gota de llanto subiese de su corazon á sus ojos.
La historia de San Agustin, de «ese hijo de tantas lágrimas», es el triunfo del amor maternal y de la confianza en Dios.
III.
San Juan Crisóstomo, ese genio admirable, debió á su madre la cultura de su espíritu y la de su corazon; era hijo de una viuda y quiso separarse de su madre para irse á vivir entre los solitarios de Egipto; pero su madre le detuvo por el tierno discurso que la incomparable pluma del santo ha legado á las edades futuras.
«No me hagas viuda segunda vez, le dijo la amorosa madre; no despiertes, hijo mio, un dolor que está sólo dormido; espera que yo muera; ¿no sabes que jamas he querido formar nuevos lazos, ni abrir á un nuevo esposo la casa de tu padre? Era muy jóven cuando le perdí, pero Dios ha velado sobre mí, yo me dediqué por completo á mi hijo y mi corazon estaba lleno de valor; ¡verte sin cesar, mirar en tus facciones un reflejo de las de tu padre, era mi placer de todos los instantes! Antes de que tu lengua pudiera articular el nombre de madre, tu vista sola me daba la vida; no me dejes ahora: cuando hayas acostado mi cadáver en el sitio donde reposan los huesos de tu padre, emprende largos viajes, cruza los mares, pues que serás dueño de tus acciones; pero en tanto que yo respire, hijo mio, sufre la compañía de tu madre y teme el enojo de Dios, sumergiéndome en un dolor que no he merecido.»