Aun hablaba la amable y dulce madre, y Juan, con las dos manos entre las de aquélla, le prometia no afligir su vejez, vencido hasta en su deseo de santidad, por aquel lenguaje tan elocuente y tan tierno.
Aquella santa y noble mujer era admirada hasta por los mismos paganos, y el filósofo Libanius, al verla en su juventud tan bella, tan casta, tan llena de abnegacion, exclamaba:
--¡Qué mujeres hay entre estos cristianos!
San Basilio y San Gregorio Nacianceno debieron tambien á sus madres la perfeccion de sus virtudes; se puede asegurar que no hay en el cristianismo una grande alma, ni un hermoso genio, que no haya tenido una buena y santa madre.
Blanca, la hermosa y adorable Blanca de Castilla, formó el alma de su hijo San Luis.
La Iglesia y la Francia deben su ilustre hijo San Bernardo á su madre Aletha: esta mujer distinguida inspiró á su hijo el gusto de las letras, y cuando Bernardo quiso llamar al camino de la virtud á su hermana Humbelina, le bastó evocar el recuerdo de su madre para que la jóven cayese de rodillas á sus piés.
LA MADRE.
ARTÍCULO QUINTO.
I.