Madame de Sevigné tuvo mucho que sufrir para combatir las seducciones del Rey.
No se atrevia á dejar de ir á las recepciones de la córte con su hija, pues conocia el carácter del Monarca, y temia que la misma privacion de ver á Margarita le empujase á cometer violencias para llegar hasta ella.
Dióse, pues, prisa á casarla con el conde de Grignan, hombre de edad madura, sin que llegase á la vejez, padre de dos hijos, pero que amaba á Margarita con todo el entusiasmo del último amor.
Margarita fué dichosa en aquel enlace, pero no así su madre; habia deseado ésta ante todo que su hija no se separase de ella, y así se lo prometió el conde de Grignan; pero en breve, órdenes superiores del Gobierno, y que él no esperaba, le hicieron salir de París, al cual no volvió en muchos años.
De aquella separacion nacieron las cartas de madame de Sevigné, cartas admirables y de las que ya nos hemos ocupado.
La amorosa madre no pudo resistir largo tiempo sin ir á ver á su hija, y pasó á su lado algunos meses; pero sus ocupaciones y su fortuna la llamaban de nuevo á París, y los dolores de la ausencia empezaron para ella con mayor y más profunda intensidad; para que su correspondencia fuese interesante y no fatigase la atencion de Margarita, madame de Sevigné se informaba de todas las anécdotas de la córte, de todo lo que sucedia, y lo referia en sus cartas á su hija, con una gracia y una viveza encantadoras y teniéndola al corriente de todas las novedades.
El amor de madame de Sevigné llegó para su hija hasta la idolatría: y nosotros creemos que son preferibles las madres cristianas como Santa Mónica y como Blanca de Castilla, á las que, como madame de Sevigné, convierten en una pasion desordenada y ciega el amor maternal, pues este amor, cuando no es débil, es grande, poderoso, admirable: podria reformar el mundo si tuviera la conciencia de su mision, si comprendiera que no se trata solamente de amar al hijo, sino que es preciso educarle y salvarle de los peligros que le rodean.
Es fácil y cómodo amar el cuerpo de un hijo, embellecerle y adularle; pero ¡cuánto más hermoso y más grande es pensar en su alma!
El grande honor, cuando una mujer es madre, no es el sacrificio por su hijo, porque el sacrificio es dulce para la que lo cumple; es el sacrificar en caso de necesidad la vida misma del hijo, y estimar en más que esta vida tan cara, la verdad, el honor y la virtud; es querer más verle muerto que ver marchitas en su alma esas santas y delicadas flores.
Reconvenian no hace mucho á una madre delante de nosotros, porque en vez de reprimir la excesiva sensibilidad de su hijo le excitaba con lecturas tiernas y llevándole á socorrer á los pobres y á los enfermos, y le acusaban de que le hacía desgraciado.