--¡Á mí!... gritó Clara lanzándose sobre el cadáver; ¡á mí! ¿Quién me acusa?
--Su propio padre: vos sabiais que muriendo este niño, el Sr. Marqués, que iba á ser mañana vuestro esposo, sería inmensamente rico, y sin duda la ambicion os ha extraviado.
Clara sabía aquello por la primera vez, y apénas oyó lo que la decian se dejó caer de rodillas ante el lecho donde estaba el cadáver, y puso sus labios sobre la mano ya helada, de la inocente víctima.
--¡Levantaos! Miraos manchada con la sangre de mi hijo, ¡y defendeos si podeis! exclamó sordamente el Marqués.
Clara tembló, é iba á gritar:--«¡Soy inocente!»--pero la angustiosa mirada de su padre le cerró la boca: una palidez terrible cubrió su gracioso rostro, y dijo, alzando al cielo los ojos como para ofrecerle su sacrificio:
--¡Yo he dado muerte á ese niño!
El español, al asesinar á la inocente criatura, queria conquistar para su hija una opulencia de que él mismo necesitaba; pero jamas pensó que su crímen recayese sobre Clara: cuando arrojó el puñal bajo la mesa del jardin, no la vió allí; pensaba, y con razon, que se culparia á algun ladron que queria asaltar la casa, y que se habia visto molestado por la presencia del niño en el jardin.
III.
Algunos dias despues Clara subia al cadalso, tranquila y firme en el heroico propósito de salvar á su padre de la horrible suerte que ella iba á sufrir sin merecerla; pero el hombre que tanto la habia adorado, no pudo resolverse á dejarla morir, y un oficial del Rey llegó, agitando una órden en su mano, y gritando estas elocuentes palabras:
--¡Perdon! ¡S. M. indulta á la culpable!