--¿Ya levantada, señorita? la preguntó; aquí duermen aún todos, ménos Eduardo y yo.

--Tanto mejor, exclamó Clara alegremente; mirad, mi querida señora: esta canastilla es para dar á Eduardo una sorpresa; voy á ponerla sobre la mesa que se halla en el templete de jazmines del jardin; ya sabeis que está cubierta con un gran tapete; yo me esconderé debajo; llamaréis al niño, verá la canastilla, y yo disfrutaré de su alegría, sin que sepa dónde estoy.

Y esto diciendo, la hermosa niña echó á correr al jardin seguida del aya, que sonreia al pensar en el inocente complot.

Clara puso el lindo cestillo en la gran mesa que ocupaba el centro del templete; alzó el pesado tapiz que la cubria y llegaba hasta el suelo, y ocultó debajo su graciosa y poética figura.

El aya fué á llamar á Eduardo, que jugaba con su lebrel al fin del jardin.

Algunos instantes despues se oyó al niño que llegaba corriendo y gritando alegremente: Clara le vió penetrar en el templete, y su inocente corazon latió presuroso; pero de súbito el gorjeo infantil de Eduardo se apagó en un largo gemido... Clara vió el tapete de la mesa alzarse por un lado... vió asomarse por el hueco la enérgica cabeza de su padre, trastornada por una terrible expresion de gozo y de espanto á la vez, y vió caer sobre su blanco traje un cuchillo ensangrentado.

La desgraciada niña no pudo ni lanzar un suspiro, y quedó desmayada.

Cuando volvió en sí se halló frente al cadáver de Eduardo, cuyo pecho infantil estaba abierto por una profunda herida; al lado de su hijo se hallaba el Marqués de pié, sombrío, lívido y con los brazos cruzados sobre el pecho: los representantes de la ley estaban allí tambien.

Detras de ellos se hallaba Montalban, que miraba á su hija con una ansiedad profunda.

--Se os acusa de la muerte de este niño, señorita, dijo á la jóven el procurador del Rey.