El Marqués, jóven de treinta años, vió á Clara y la amó; era imposible defenderse del encanto de aquella niña, cuya plácida fisonomía retrataba la sensibilidad y el talento, unidos á la inocencia y á la más perfecta hermosura.
Á pesar de todas las representaciones de la madre y de la hermana del Marqués, éste declaró que su resolucion de casarse con Clara era irrevocable, y todo se preparó para la boda.
La fortuna propia del Marqués no era muy considerable; su gran riqueza provenia de la colosal que le habia traido su primera esposa: esta fortuna la habia heredado de su madre el niño Eduardo, el que si moria, debia, á su vez, dejarla á su padre.
Clara amaba al niño, de quien iba á ser segunda madre, con una ternura sin límites; es verdad que el niño la merecia y se la pagaba con usura: sólo al lado de Clara se hallaba contento; todo lo bello que poseia era para Clara, y á Clara llamaba cada mañana al despertarse.
El Marqués se pasaba largo rato algunas veces contemplando el grupo encantador que formaban su prometida y su hijo, jugando como dos hermanos sobre el césped del parque.
II.
Era la víspera del casamiento: Clara habia madrugado, y venía de su casita de la aldea trayendo en la mano una canastilla llena de frutos y flores; reinaba estío, y la naturaleza ofrecia sus más ricos dones: en un lecho de rosas y de claveles venian colocados los delicados frutos que más apetecia Eduardo, y que pocas veces le permitian probar á causa de su débil salud.
Clara se parecia al ángel de la juventud y de la inocencia: llevaba un largo traje blanco, y sus cabellos caian en largas trenzas por su espalda, sin adorno ni sujecion alguna.
Sus ojos azules, grandes y límpidos, reflejaban la serenidad de aquel dia, y en su frente se veian reir todas las bellas ilusiones que traen en sus alas la juventud y la esperanza.
El aya de Eduardo salió á recibirla.