ARTÍCULO TERCERO.

I.

No tan eclatante, como dicen los franceses; no tan brillante, como nosotros decimos, como el ejemplo que acabo de ofrecer, llega otro á mi memoria, que me ha referido una antigua y respetable amiga; pero si el sacrificio de Clara de Rosemberg en aras del amor filial aparece rodeado de la aureola del heroísmo, por las circunstancias que le produjeron, pues el crímen es siempre ruidoso, el que voy á dar á conocer no es ménos grande por ser más silencioso é ignorado, como lo es siempre la suave y modesta virtud.

En Francia, y en una pequeña ciudad de provincia, en una callejuela oscura y solitaria, habitaba un piso bajo, escasamente alumbrado por dos estrechas ventanas, un anciano matrimonio; la esposa era ciega, el marido se hallaba paralítico.

Toda su compañía era una hija, la mayor de dos que habian tenido. Marta, la más pequeña, habia sido una bella flor nacida con la aurora, y que fué á dejar su inocente aroma en los jardines del cielo. Dolores era el nombre de la que quedaba en la tierra.

Ésta no habia sido jamas hermosa; pero habia en toda su persona la gracia exquisita de la castidad y del decoro, esa gracia inimitable, ese encanto supremo de la inocencia y del candor: sus grandes ojos, que ostentaban el sombrío azul de la pizarra, eran elocuentes por la dulzura y tristeza que expresaban: sus cabellos negros guarnecian su frente en espesas y hermosas trenzas; su talle delicado era notable por su elegancia y distincion. Dolores era bella como el sueño de un poeta, bella con la belleza ideal que habla poco á los sentidos, pero cuya vista deja una huella indeleble en el alma.

Un paseante extraviado la vió un dia bordando al lado de su ventana; en el antepecho habia un vaso con flores, únicas amigas de la pobre jóven, que pasaba su vida entregaba á un asíduo trabajo, y al cuidado de sus padres.

El paseante tenía una hermosa figura, y contaba la edad de Dolores, de veintiseis á veintiocho años; pero ¡qué diferencia entre los dos! la esperanza iluminaba con sus ardientes rayos la frente de aquél, y la alegría moraba en el fondo de sus brillantes ojos. Dolores era triste como el recuerdo del amor postrero.

El contraste trajo el amor, como sucede siempre. Mauricio adoró aquella noble y melancólica sombra: en cuanto á ella, era el primer hombre á quien habia oido palabras de afecto: habia vivido toda su vida en el retiro más absoluto, y dedicada por completo al cuidado de los dos ancianos, sobre todo desde la muerte de Marta.

II.