Mauricio llevaba cada dia á la solitaria un ramo de flores, y al dia siguiente las veia prendidas en sus cabellos y en su cintura, como para aspirar hasta sus últimos perfumes.

Un dia dijo Dolores:

--Entre usted.

La puerta se abrió y los dos amantes se sentaron frente á frente: en el fondo de la estancia, oscura y triste, los dos ancianos dormitaban en sus sillones, ya casi entregados á un idiotismo completo.

--¿Qué le parezco á V. ahora? preguntó Dolores mirándole con sus dulces y profundos ojos.

--Más bella que ántes, respondió Mauricio; y la amo á V. de tal suerte, que deseo que las primeras palabras que oiga V. de mi labio al llegar á su lado, sean para probarle mi afecto y mi lealtad; ¿quiere V. ser mi esposa?

Dolores iba á responder--¡Sí!--pero se volvió á mirar á sus padres: una nube pasó por su frente, y dijo con voz trémula:

--Mañana le responderé á usted.

Al dia siguiente Mauricio volvió por la contestacion. Dolores le abrió la puerta, y él se sorprendió dolorosamente al hallarla pálida como un cadáver, y vestida de negro.

--Mauricio, le dijo, yo le amo á V., pero no puedo ser su esposa... Me debo á mis padres...