--Nada les faltará, repuso Mauricio; no soy pobre, y tendrán medios para vivir rodeados de comodidades.

--¡Les faltarán mi amor y mis cuidados! objetó la jóven meciendo la cabeza. ¡Mauricio, no puedo casarme!

--Piense V. que dentro de dos dias salgo de aquí con mi regimiento: que renuncia V. á mí para siempre... ¿No me ama V., Dolores?

--¡Con toda mi alma! ¡Jamas he amado á nadie, ni de nadie he sido querida, que yo sepa... Piense V., pues, en lo que es V. para mí!

--¿Y así me rechaza V.? ¿Así renuncia V. al amor, es decir á la vida?

--¡Ese es mi deber!

--Amor que así está subyugado por un deber que no es una verdad, es amor muy débil, exclamó Mauricio con amargura, y cayendo así en la vulgar indignacion del hombre que se ve rechazado, aunque sea por el más santo motivo. ¡Adios, Dolores!

Un sollozo respondió á estas palabras.

--No espere V. ya al amor, dijo Mauricio volviendo hácia ella: ¡desdichada! Piense en que el que yo le tengo es el último rayo de felicidad que se viene á posar en su frente.

--Lo sé, murmuró Dolores.