--¿Y no quiere V. ser mia?
--¡No puedo!
--¿Piensa V. que esos ancianos casi insensibles, le van á agradecer su sacrificio?
--No he pensado en eso, sino en cumplir con mi deber.
Mauricio lanzó una exclamacion, en la que entraban por partes iguales la cólera y el dolor, y se lanzó fuera de la pobre casita.
--¡Adios, murmuró Dolores: sombra adorada de mi primero y único amor, sueños de felicidad, para siempre adios!
Y cayó sobre su asiento, cubriéndose el rostro con las manos y sollozando amarga y dolorosamente.
Cuando alzó la frente, todo rastro de belleza y de juventud habia desaparecido en ella; sólo quedaba la grandiosa y triste poesía de un dolor eterno.
III.
Dolores volvió á tomar su labor; las últimas flores que le habia dado Mauricio se marchitaron en su ventana, y ella recogió cuidadosamente sus hojas secas, como recogió en su corazon los recuerdos de su desgraciado amor: despues, inclinándose sobre su bordado, dijo con honda tristeza: