El Príncipe Cárlos Estuardo fué, no sólo uno de los hombres más desgraciados del mundo, sino tambien uno de los mayores libertinos que el mundo ha conocido.

En sus excesos no habia ni nobleza ni decoro, y los cometia del mismo modo que el último lacayo de su casa: si es verdad que en el libertinaje hay sus grados, el Príncipe Estuardo habia ya descendido hasta la última escala.

Pretendiente á la corona del Reino-Unido, como hijo de la casa de los Estuardos, anduvo muchos años errante por países extranjeros, y buscando partidarios que no hallaba; durante su larga y amarga peregrinacion tuvo una hija que recogió, hizo bautizar con el nombre de Carlota, y depositó para que se educase en el convento de benedictinas de Meaux.

Algunos años más tarde, el Príncipe casó con la jóven, bella y encantadora Luisa Stolberg, hija del Príncipe de este nombre; pero la más completa oposicion de gustos y de caractéres desunió este matrimonio, y Luisa, despues de muchas escenas violentas, fué sacada de la casa conyugal por el severo Cardenal de V...., hermano mayor de su esposo, y depositada en un convento de órden del Papa.

La sentencia de divorcio se presentó al instante, y el matrimonio quedó disuelto.

Pasaron aún muchos años: las desgracias siguieron agobiando á Cárlos Estuardo: amargado, desesperando de todo, sin saber á quién volver sus tristes ojos, tuvo un dia un pensamiento salvador; pensó en su hija y la llamó junto á él.

Carlota corrió al lado de aquel padre á quien no conocia, pero de quien se decia que era desgraciado; era una hermosa niña, que áun no habia cumplido veinte años, y cuyos largos cabellos rubios guarnecian un rostro angelical.

II.

Carlota demostró á su padre, desde el primer instante, un cariño y un respeto que elevaron á sus propios ojos á aquel hombre degradado; y el padre quiso á su vez elevar á su hija, dándola el título que habian llevado siempre los primogénitos de la casa real de Escocia.

La jóven, olvidada y huérfana poco ántes, pudo usar el título de Duquesa de Albany y lo supo llevar con una nobleza verdaderamente régia; sus cuidados habian trasformado el pobre castillo, donde Cárlos Estuardo habia ido á ocultar su pobreza y su desventura; el órden y la decencia reinaban en él: la jóven Duquesa recibia en los salones, abandonados desde hacía largo tiempo, á una sociedad escogida, que formaba una córte en torno del desterrado: ella habia vuelto la dignidad á todo lo que rodeaba á su padre, y habia vuelto á éste hácia todos los sentimientos nobles que habian honrado su juventud; el viejo, que buscaba en la embriaguez el olvido de sus males habia desaparecido, y habia vuelto á ser Cárlos Estuardo, el caballero, el pretendiente, del cual las ideas generosas y el valor habian levantado en otro tiempo á la Escocia.