Yo no sé á qué atribuir el que, por más que lo procuro, no puedo admirar á esas mujeres que se pasan la vida en las iglesias rezando partes de rosario y ensartando oraciones.
Cuando las veo, pienso, sin poderlo remediar, en que su casa estará muy mal arreglada, y sus hijos, si los tienen, muy mal cuidados, y en que sus maridos serán muy poco dichosos.
Me honro con la amistad de un virtuosísimo sacerdote, eminente en saber, y que derrama á torrentes la luz en la cátedra del Espíritu Santo, al cual he oido decir, hablando con una señora amiga mia y que se hallaba en mal estado de salud:
--No vaya V. á la iglesia, pues eso la puede hacer daño.
--Sólo voy á misa, respondió la doliente con alguna tristeza.
--No vaya V. á misa tampoco.
--Únicamente asisto los domingos.
--No vaya V. ni siquiera ese dia: el ambiente frio del templo la empeorará.
--¡Dios mio! exclamó mi amiga: ¡parecerá entónces que no soy cristiana!
--Dios está en todas partes, y de todas partes oye, señora mia: lea V. la misa en su casa, en su gabinete abrigado, sentada en un sillon, y por eso Dios no escuchará ménos sus preces que nacen del alma.