Mi amiga meció tristemente la cabeza, y despues de un rato de silencio, repuso:
--No se puede V. figurar, señor, lo angustiada que tengo la conciencia, ¡me gustaba tanto ir á la iglesia! ¡Aquel ambiente saturado de incienso, aquellas luces, la vista de las flores frescas en los altares, de las cuales yo enviaba algunas, la imágen del Redentor del mundo y de su Madre hacian bien á mi alma afligida, y hallaba la tranquilidad en mi conciencia, porque sabía que al ir á la iglesia cumplia con un deber!
--¡Hija mia, respondió con dulzura el buen sacerdote, el ir á la casa de Dios, donde tan dulce paz se respira, hacía bien, no á su conciencia, sino á su corazon: ha perdido V. al esposo, al compañero de su vida que la amaba, al objeto de su único amor, y sólo ante el que es el supremo consolador de todos los dolores halla paz su pecho dolorido!... Y bien; no confundamos el deber con el egoismo, como tantas veces hacemos: léjos de tener su conciencia intranquila por no poder ir á la iglesia, resígnese á esta privacion, y llévela con paciencia por el amor de ese mismo Dios.
--¡Ántes me confesaba cada ocho dias! ¡Y ahora, como me pongo mala cada vez que voy temprano á la iglesia, sólo puedo ir de mes á mes!
--Y áun es demasiado.
--¡Demasiado!
--Sí, por cierto: ¿qué delitos, qué graves culpas puede haber en su vida ordenada, modesta y apacible que necesiten exponerse tan repetidamente ante el tribunal de la penitencia? ¿Á qué desprestigiar con la costumbre lo que la práctica tiene de grande y bueno? No se puede mirar al sacerdote como al confidente ordinario de todas las pequeñeces de la vida: en ese caso deja de ser el médico del alma: no se le puede mezclar en las debilidades ni en los secretos de la familia: el sacerdote no es el amigo íntimo, ni debe escuchar escrúpulos pueriles y mezquinos: la mision del sacerdote es altísima, y no se puede abusar de ella sin quitarle algo de su augusto prestigio, de su delicadeza y de su santidad.
Cuando el buen sacerdote dejó de hablar, la pobre enferma del alma dejó ver una bella sonrisa, que decia claro habia comprendido á aquel varon ilustre, y que quedaba consolada con su dulce y elocuente palabra.
Resignada y tranquila ha visto agravarse su enfermedad, y desde su gabinete habla con Dios, y le ofrece sus dolores, y la privacion de no poderle visitar en la iglesia, de no poder orar al pié de los altares.
¿Serán agradables esas oraciones al Dios todo amor y misericordia? No debemos dudarlo.