III.

Elena se retiró á Sevilla y pasó, en una casa de campo que poseia allí los dos primeros años de su viudez, únicamente ocupada de su hijo; la soledad hizo de aquellos dos hermosos seres uno solo, pues sus almas se confundian en una tierna y deliciosa simpatía.

La Condesa volvió al fin á Madrid, y pronto se vió asediada por una córte tan numerosa como brillante.

Desde entónces Gonzalo apareció dominado por una tristeza amarga y sombría; rehusaba acompañar á su madre á toda reunion y pasaba los dias enteros sentado ante un retrato de su anciano padre.

Llegó por fin la hora del amor para la Condesa; el jóven Marqués de B. conquistó su corazon, que áun permanecia cerrado á las pasiones, y Elena se abandonó á la que supo inspirarle el Marqués, con toda la delicia de la que le siente por la vez primera.

¡Pobre Gonzalo! ¿Qué era entre tanto de él? ¡Ay, ya no pasaba sólo los dias sentado ante el retrato de su padre; pasaba tambien las noches, y á la luz vacilante de su lámpara le parecia ver animarse aquellas facciones venerables y entreabrirse aquellos labios que tantas veces le habian cubierto de besos!

Elena, ocupada toda en su amor, nada sabía de esto: en una ocasion estuvo ocho dias sin ver á su hijo ni preguntar por él.

Por fin, la noche del octavo se le ocurrió que podria estar enfermo, y voló á su cuarto.

¡Habíase quedado dormido de rodillas ante el retrato del Conde, y Elena se estremeció al ver el estado de demacracion espantosa de su pobre hijo!

IV.