El anciano dió á su cochero las señas de uno de los mejores joyeros de Madrid, y se apeó trabajosamente á la puerta de su almacen.

Pidió que le sacasen las pedrerías de más valor que hubiese, y extendieron ante sus ojos un tesoro.

Las miradas del anciano se fijaron desde luégo en un soberbio brazalete de esmeraldas montadas en oro: la pureza, igualdad y tamaño de las piedras, su engaste y su prodigioso número, le hacía la más rica joya de cuantas habia allí.

Formaba una ancha cinta de esmeraldas, cerrada con una estrella de las mismas piedras, en cuyo centro habia una mucho mayor que las demas.

El Conde hizo el ajuste y le compró.

Luégo volvió á subir al coche con su hijo, y se dirigió á su casa.

--Elena, dijo á su esposa, dentro de pocos dias ya no existiré yo; toma este brazalete, última dádiva que te hago y la única que te quedará, pues hace largo tiempo que no te regalo nada, con el fin de que cuanto te he dado quede consumido ántes de mi muerte. Elena, no te prohibo que busques tu dicha en una nueva union; lo que te ruego es que no consientas que las miradas de tu esposo profanen los dones que debiste á mi ternura; si algo me sobrevive, quémalo ó enciérralo en donde sola tú puedas verlo.

En cuanto á este brazalete, continuó el Conde, el dia que te unas á otro hombre entrégaselo á tu hijo, que lo guardará en memoria mia.

La Condesa no respondió más que con lágrimas; pero Gonzalo echó sobre el brazalete una mirada ardiente y sombría.

Dos dias despues murió el Conde, como habia predicho.