La Condesa de M., viuda y riquísima, vivia á los 32 años con su hijo Gonzalo, que iba á cumplir 16.
Madre é hijo se adoraban; pero la Condesa era aún jóven y necesitaba otro amor que llenase su corazon.
Se habia casado á los 15 años con un anciano de cabellos de plata y corazon de oro, que la habia hecho muy feliz enseñándola á vivir segun su conciencia, despreciando las murmuraciones del mundo.
Ademas, la Condesa era italiana, y la libertad de costumbres en que se habia criado hacía su carácter más independiente, su ternura más expansiva y sus sentimientos ménos reprimidos de lo que generalmente se ve en las mujeres del gran mundo.
En Italia se habia casado: en seguida vino á España, patria de su esposo, y un año despues dió á luz á Gonzalo.
El Conde creyó volverse loco de alegría: viudo dos veces cuando casó con Elena, habia renunciado á la ternura paterna y recibió á su hijo como una flor enviada por Dios para perfumar su ancianidad.
La condesa Elena era casi una niña; el amor materno llenó enteramente su corazon, y durante diez años nada echó de ménos sobre la tierra, pasando su vida en acariciar á su hijo, y en prevenir todos los deseos de su anciano esposo.
Éste empezó á decaer visiblemente; una enfermedad de consuncion, de esas á las cuales la medicina no halla causa, se apoderó de él; feliz y sonriendo veia demacrarse su cuerpo y caer sus cabellos blancos, y léjos de amargarse su bondadoso carácter con la idea de su próximo fin, solia decir que Dios, cansado de verlo ya en el mundo, lo llamaba á sí, sin pena y sin dolor.
II.
Un dia salió el Conde en carruaje y rehusó absolutamente que le acompañase Elena; pero exigió que fuese con él su hijo, que á la sazon contaba cerca de 11 años.